La comunicación en manos del pueblo
Nota: Ariel Weinman
Las organizaciones populares tienen cada vez menos acceso a los medios masivos de comunicación, si es que alguna vez tuvieron alguno. El camino para comunicar sus reclamos, para transmitir sus realidades y deseos está cortado por la política y las estrategias de desinformación y manipulación que los medios masivos ejercen.
Por una parte, los medios han modificado los mecanismos enunciativos, han ampliado la diversidad temática de las programaciones y han inventado nuevas tecnologías comunicacionales para llegar a audiencias más amplias.
Por otra, el poder político-mediático, inspirado en el decreto-ley de radiodifusión de la dictadura y las modificaciones posteriores introducidas por los decretos de Alfonsín y Menem y la ley de Reforma del Estado, ha cortado de raíz la posibilidad de las organizaciones populares de constituirse en emisores.
Cuando las clases trabajadoras ingresan a los medios gráficos y/o electrónicos son siempre como “objeto” de la noticia, la información, la reflexión, etc., nunca como “sujeto”. Los trabajadores, desempleados, excluidos, mujeres, piqueteros, migrantes pobres, son parte integrante de la noticia cotidiana, pero dentro del marco enunciativo, la agenda y el contexto que fijan los dueños de los medios masivos.
Aquellos son siempre los victimarios de la sociedad: “le roban el trabajo a los nacionales”, “alteran la libre circulación en las calles”, “fomentan la inseguridad y la delincuencia”, “abandonan la atención de los niños en los hospitales”, “ponen en peligro la educación y la salud”, etc.
El diario Clarín del jueves 28 de abril 2005 publica en tapa la foto de una madre pobre con su nena en brazos, sobre el fondo de un pasillo de hospital de la Provincia de Buenos Aires. Ella se ha quedado sin atención médica, es la víctima principal del paro de los trabajadores municipales.
El aumento de salario no se discute. La crisis de la salud pública tampoco. En la foto hay una elipsis pronunciada: el sujeto de la acción se ha fugado, desaparece el cuerpo de la clase trabajadora. Sólo quedan las supuestas consecuencias de esa acción: los pobres son más pobres ese día por exclusiva culpa de los trabajadores.
El mismo matutino del lunes 2 de mayo edita en página 3 una nota bajo el título “Pesificación: compensarán a los bancos con $ 2.300 millones”. Esta decisión política, propuesta –según Clarín- por el ministro Lavagna, no tiene ninguna víctima visible. Es un acuerdo entre el gobierno y los bancos. El sujeto de la acción está presente con una foto del titular del Palacio de Hacienda, pero sus efectos han sido borrados olímpicamente.
Desde la perspectiva del poder, los actores populares, cuando protagonizan algún conflicto, “alteran la libertad y el orden social”.
El peso y las influencias de las comunicaciones mediadas se profundizan considerablemente en las últimas décadas, pero este proceso contrasta con la exclusión de las organizaciones populares del acceso a esa comunicación. Y no es exclusivo de la relación medios/organizaciones sociales. El pueblo está cada vez más ajeno a las decisiones que se toman desde los poderes públicos sobre su propia realidad.
El derecho a la información y el propio ejercicio de la democracia, entendido como la capacidad popular por decidir su propio destino, ha sido desterrado al campo estrictamente discursivo. Ese peso y esa influencia son tan abrumadoras, un proceso cultural de profundo arraigo en la subjetividad de la época, que los sectores populares cuando protagonizan algún conflicto buscan “naturalmente” los medios masivos para comunicar sus acciones. Como si esos medios fueran inocuos, transparentes y neutrales, simple mediadores entre el poder y la base social.
Pero en verdad, las comunicaciones ya han dejado de ser un negocio de empresarios nacionales con cierta connotación ideológica, el cuarto poder como dirían algunos, para transformarse en el poder real en nuestra sociedad, en un contexto de profunda concentración y trasnacionalización de la propiedad de los medios masivos que no le va a la zaga a la concentración y la trasnacionalización de la economía.
La contradicción flagrante entre el discurso del poder y la realidad que padece el pueblo está al descubierto. Cuando más se habla de democracia, de derecho a la información, de libertad de prensa, de derecho al trabajo, de respeto a los derechos humanos, desde el poder, más se limita, se desconoce y se arrebatan los derechos que el pueblo conquistó en años de lucha.
La duplicidad del discurso dominante adquiere una dimensión tal que expresa como significación social la incapacidad del sistema político institucional para dar respuestas a las necesidades populares y obviar olímpicamente los derechos consagrados en un régimen jurídico casi inexistente. No se trata de esclarecer ni desocultar las injusticias de todo orden, porque el pueblo las padece a diario.
La comunicación del poder expresa que hay injusticias, hambre, desempleo y represión, pero como esos fenómenos están inscriptos en el orden mismo de las cosas, dicho orden como tal es inevitable, inamovible y por lo tanto, eterno.
A su vez, desde la información mediática se ejerce una interpelación a individuos desgajados del contexto histórico-social, en un ambiente de banalización, inmediatez y pragmatismo. Se los convoca para que cuenten sus “hobbies”, sus aventuras, sus sueños personales que nada tendrán que ver con algo distinto a lo que ya existe y mucho menos con el destino colectivo. La dimensión del futuro ha sido aniquilada del discurso de los medios masivos, porque –según este discurso- no existe sujeto capaz de transformar la realidad, no existe la voluntad colectiva para construir otra cosa.
La participación popular con su exclusiva presencia en el discurso de los medios no hace más que convalidar y otorgarle legitimidad a ese discurso. Así, se termina aceptando naturalmente que un muerto, hijo de empresario, residente de San Isidro tenga más valor, atención y justifique una campaña mediática que termina organizando una movilización masiva para exigir más seguridad, que la muerte de una “negrita” y “villera”, víctima de la criminalidad policial. La memoria colectiva recuerda con nitidez el apellido de nuestro “ilustre” empresario, pero ya condenó al olvido los datos de la piba de Lugano.
Existe una considerable falencia de reflexión en las organizaciones populares sobre las funciones económicas, políticas y culturales de los medios masivos en la época actual. El alcance de las comunicaciones impone que se constituya un debate para la acción que salga de los límites de la reflexión académica. Porque en las organizaciones sociales, en el mejor de los casos, se termina cuestionando a tal o cual periodista o se realiza una crítica global a los medios, pero se encuentra definitivamente ausente la discusión y el proyecto para la creación de medios de comunicación propios.
Tener una política de comunicación para un sindicato, un grupo político, una organización barrial consiste, en la actualidad, en tener una red de contactos para insertar tres renglones del comunicado de prensa, formar parte de un panel en el que siempre resultará denostado o poner en primer plano de la cámara la pancarta del partido y la cara del dirigente que, si adquiere relativa publicidad, podrá ser promovido a candidato en las próximas elecciones.
En síntesis, más que cuestionar al sistema se participa de las formas que garantizan el proceso de su reproducción. O para decirlo con más precisión, la comunicación de las prácticas de las organizaciones populares por el único camino de los medios masivos vuelven a instituir las formas de comunicación ya instituidas por los mecanismos enunciativos y la intencionalidad de sentido de dichos medios.
El proyecto de fundar medios debe partir de la necesidad del pueblo de contar con una comunicación propia, que se inscriba en las experiencias de comunicación popular e insertado en el contexto histórico-social actual, que contraste con el modelo comunicacional hegemónico. Una comunicación será popular no sólo por el alcance de su mensaje, por una audiencia masiva o por construir un destinatario popular ideal en su discurso, sino, sobre todo, si sabe conectarse con una audiencia/enunciador popular, si por sus contenidos, estética y estilo puede situarse en la perspectiva de los sectores sociales concretos. En síntesis, será popular si es capaz de alimentarse de la memoria, las prácticas y los sueños del pueblo.

