diciembre 14, 2018

Escribir el canon popular

Escribir el canon popular

interiorEl folclore, lo sabemos, es patrimonio de la oralidad, mientras que la literatura lo es de lo escrito. Que leamos el Popol Vuh, los mitos griegos, las leyendas del Rey Arturo, y las leyendas de duendes, familiares, gauchos y milagros es solo una simulación: nuestra cultura como sujetos del siglo XX y XXI es eminentemente escrita, ahí se hallan nuestro conocimiento y nuestras historias.

Por la ruta de las historias orales viene la religión: La Biblia está llena de historias morales, místicas y fantásticas. Una conducta rectora, ética y moral de las historias religiosas en general es lo que les otorga a ciertas personas elegidas la categoría de santos. El santoral católico reconoce aproximadamente entre seis mil y siete mil santos canonizados formalmente. San Jorge es el santo patrono del Ejército Argentino, mientras que a San Lorenzo, al parecer, se le confió el Santo Grial. Santa Evita es la que finalmente no fue canonizada, a pesar de los pedidos y de los milagros que le atribuyeron sus fieles.

¿Quiénes son, entonces, estos santos paganos? Lo pagano no necesita otra canonización que la de la voz popular. Los santos paganos forman un extraordinario conjunto de personajes: gauchos bandidos y sanguinarios, mujeres de habilidades milagrosas, virgencitas torturadas o niños con habilidades curativas. Arrascaete, Jali, Brignardello, Correa, Rodríguez Simón, Ferraro, Castromán, Bayona, Almada, Ojeda, Ybáñez Herrera, Leyes, Megías, Galettini, Eleisegui y yo mismo narramos a Martina Chapanay, Almita Visitación Sibila, al gaucho Antonio María, al Gauchito Gil, a Adrianita, la santita de Varela, a Pancho Sierra, a la Telesita, a Gilda, a San la Muerte, al Maruchito, a Lázaro Blanco, a Carballito, a Juan Bautista Bailoretto, al gaucho José Dolores, a la Difunta Correa, y al riojano Miguelito. Julián Matías Roldán ilustró a cada santo con un falso grabado, una suerte de estampita con propia identidad y estilo. Patricio Eleisegui y Marcos Almada, además de escritores, funcionaron como creadores y coordinadores del volumen y Eleisegui completó la sección de cada santo con una mínima biografía.

Hemos participado de un volumen con una organización que va más allá de la belleza: en él se encuentran literatura, artes plásticas y periodismo, las patas de este trípode de la representación de lo sagrado. A diferencia de los santos canonizados, las imágenes de los paganos son coloridas, icónicas: predominan colores terrenales –marrones, negros y rojos- y los oscuros ponchos de los gauchos perseguidos contrastan con las blancas batas cristianas. Los hechos reales, precisos, existentes, estacan la referencia de nuestras historias. Claro, la referencia siempre se borra con la distancia (y quizás esa sea la verdadera señal de lo sagrado): San Lorenzo hoy es un club de fútbol que quiere la Libertadores, San Bernardo, un bar de Villa Crespo que tiene mesas de ping-pong o una raza de perros enormes, San Marcos, un lugar de sierras que abunda en hippies y Santa Ana, lejos de ser la abuela de Jesús, es más bien -para nosotros- un noble tinto. La referencia es necesaria, y es obligatorio sacarle ese fardo a la literatura. Como si la decisión fuera la de dejar que el escritor narre lo que quiera y como quiera (e incluso la forma de abordar al santo puede decirnos algo de la relación entre narración y fe) la información real y comprobable se establece ahí, como paratexto. La ficción, así, se desentiende, y el posible realismo pasa a ser una elección, y no una imposición.

En la ficción de Santos Paganos, antología de santos populares, se propone, el encuentro, el choque, o la mezcla. Inevitablemente escrita, la literatura (en este caso, el cuento, un género codificado, con variantes y estructura propias) se encuentra con las leyendas rurales y urbanas de los santos canonizados por la voz popular. Cada autor se enfrentó a un santo, a una leyenda, a una historia. Cada autor tuvo la misión de encariñarse, pelear, creer en el santo, o blasfemar de él, así como también se encargó de reunir las fuentes y los hechos. En muchos de los cuentos que componen Santos paganos la presencia del santo es tangencial: historias de milagros, de gente tocada por esa divinidad barrosa. En otros, se cuenta el mismo nacimiento del santo, signado por un hecho extraordinario.

Creer en un santo no canonizado requiere un poco más de valentía, claro. No hay instituciones, no hay certificado de milagro completo. Hernán Ronsino, uno de los grandes escritores contemporáneos, conoce el género oral. Sus novelas están atravesadas por la oralidad. No es en vano que él abra el libro con su prólogo, enmarcando los cuentos en aquel encuentro entre cultura oral y escrita, y en la gran pregunta sobre la fe. La contratapa cuenta con las palabras de Gabriela Cabezón Cámara, otra escritora y periodista cuyas novelas la Virgen Cabeza y Le viste la cara a dios también apelan a un diálogo con lo popular de lo sagrado.

Hemos reunido, entre un grupo considerable de personas, ficciones, historias, datos, fechas e imágenes. Ahí están los escritores, los correctores, el artista, el periodista, los editores, el prologuista, la fotógrafa y la “contratapista”. Los amateurs, los profesionales, los inéditos y los editados. En este caso, el lector, elemento siempre imprescindible y externo, será apreciador, crítico, inquieto y curioso como todo lector. Pero se preguntará también si es fiel o infiel, racionalista o devoto o, finalmente, pagano o canónico: instituciones, o construcción simbólica popular. Por dónde pasa la fe también es tema de la literatura.

* Agustín Montenegro – Columnista de Literatura en Punto de Partida / Radio Gráfica

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