junio 18, 2018

Argumentemos, entonces

Argumentemos, entonces

Por Camila Hernández Benítez *

A horas de que se trate en el Congreso de la Nación la Interrupción Voluntaria del Embarazo, son muchas las posiciones, los argumentos y las frases armadas que se escuchan por ahí. Pareciera mentira que estando tan cerca de que se dé un debate histórico que se ha postergado por años, haya que seguir explicando cuestionamientos que no tienen asidero, o derribando mitos. Pero es necesario que esto se discuta y se salde, así que ahí vamos.

En primer lugar, la consigna es clara desde su concepción: Educación sexual para decidir, Anticonceptivos para no abortar, Aborto legal para no morir. Le propongo leer este enunciado en tono de análisis sintáctico. Si nos detenemos en lo meramente objetivo y de significado de esta oración, se resuelve fácil: tiene que existir un estado que esté presente, que brinde educación sexual integral en las escuelas, que brinde herramientas para que tanto hombres como mujeres tengan acceso y conocimiento sobre las alternativas de cuidado y prevención no solo para evitar un embarazo no deseado sino también enfermedades de transmisión sexual. Ahora bien, supongamos que la primera instancia falla. Vamos a la segunda: acá se repite el mismo factor. Hace falta un estado que esté presente para brindarle -sobretodo a las personas de menos recursos- anticonceptivos de manera gratuita y evitar así lo mismo que mencionamos en el punto uno. Vayamos un poco más allá y supongamos que esta instancia falla también (y mire que no le estoy planteando una situación extraordinaria, esto pasa más seguido de lo que usted cree). ¿Adivine quién tiene que estar presente también? Sí, el estado. ¿Por qué? Porque es una cuestión de salud pública. Y la salud, le guste o no, es un derecho.

Ninguna mujer merece morir por tener que llegar al límite de practicarse un aborto clandestino. Para ninguna mujer, créame ninguna, es grato pasar por una situación así. Si ya es algo traumático en la vida de cualquier persona, imagínese tener que transitarlo sabiendo que detrás hay una sociedad hipócrita que se rasga las vestiduras a favor de “las dos vidas”, que va a acusar a la mujer de asesina. Nunca, nadie, va a poder entender -por más buena voluntad y empatía que tenga- el sentimiento de una mujer al transitar eso. Ni siquiera otra mujer, porque cada proceso es distinto y cada una lo atraviesa como puede con todo lo que eso conlleva.

La discusión sobre la despenalización del aborto va más allá de cualquier creencia o principio que pueda tener uno a nivel personal. Creencias o principios que son totalmente válidos, pero que son válidos en tanto y en cuanto queden ahí, en apreciaciones personales y debates que uno desee dar. Cuando una persona cree que tiene la potestad de poder imponer su creencia o posición personal por sobre una cuestión social y de salud, ahí surge el conflicto.

En este último tiempo se han dado discusiones más que interesantes sobre diversas posiciones respecto de este tema. Pero los argumentos terminan siempre recayendo en la apreciación personal de cada uno, lo cual no está mal siempre y cuando se entienda que hay un trasfondo mucho más importante: el trasfondo político e histórico de este tema. Como personas que formamos parte de una sociedad y nos desarrollamos en función de un conjunto, tenemos que pensarnos como parte de un engranaje que tiene que discutir los derechos a nivel colectivo y no individual. Y como comunicadores, entender la responsabilidad que tenemos en este contexto.

Entender, nos guste o no, que el aborto existió, existe y existirá. Más allá de nuestras posiciones y apreciaciones personales. Existe, está. Por lo tanto los abortos se seguirán practicando. La discusión que se da acá, y que es la más importante, es si se realiza de manera gratuita, legal y segura, o de manera clandestina. Mientras tanto, querido/a lector/a, las pibas se siguen muriendo.

(*) Radio Gráfica

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