agosto 17, 2019

Ahora que sí nos ven

Ahora que sí nos ven

Por Camila Hernández Benítez *

El frío de la mañana caló los huesos desde bien temprano: un anticipo de la dura jornada a transitar. Tanto por el resultado de la madrugada siguiente como por el clima hostil durante la toda la jornada del histórico miércoles 8 de agosto. Pasaron casi dos meses entre la media sanción en la Cámara de diputados y el debate en el Senado. Pareció más tiempo. Fueron tantos los debates, discusiones y argumentos – serios y absurdos – que daba la sensación que esto venía desde mucho antes.

Sin dudas que se haya instalado el tratamiento de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo en la opinión pública es algo histórico. Así también todas las aristas que se dispararon en derredor. Al mediodía ya empezamos a sentir la ansiedad. Entre el apuro de producir el programa especial que sonó en Radio Gráfica y la cobertura, escuchar los discursos de los senadores y organizarnos para luego ir hacia el Congreso, sin darnos cuenta, nuestra euforia fue en aumento. Sabíamos que el resultado seguramente no sería el esperado. Eso no fue sorpresa. Sorpresivas fueron las vergonzosas exposiciones de algunos senadores.

Son esos representantes de las provincias que olvidaron por completo que fueron elegidos para legislar sobre los derechos de ciudadanas y ciudadanos. No para imponer opiniones personales o principios morales sobre la obligación pública. También olvidaron que el eje fue el rol del estado sobre un dramático tema de salud pública. No voy a repetir lo que ya sabemos porque la posición siempre fue clara. Lo pondremos en la agenda las veces que sea necesario: vayamos un poco más allá. Como comunicadoras y comunicadores populares preguntémonos por qué hay sectores que aun no se sienten tan interpelados como otros.

¿Llegamos a esos sectores? ¿Son acaso los sectores populares más postergados los que se ven más afectados por un estado ausente? ¿Qué pasa con el Movimiento Feminista? ¿Hay feminismo bueno o malo? ¿El campo nacional y popular toma postura? Todos esos interrogantes retumbaban en mi cabeza, y me atrevo a decir, también en de mis compañeras. Cuando partimos junto a las compañeras de la radio hacia el Congreso comenzó a llover con ganas. Sabíamos que teníamos una noche cuesta arriba.

A medida que nos acercábamos por la 9 de Julio el tránsito iba colapsando. Los bocinazos atravesaban el ambiente y por dentro me regodeaba por el caos que generó nuestra masiva presencia. Decidimos bajarnos antes porque era imposible avanzar arriba del colectivo. Comenzamos a caminar. El inevitable vayan a laburar no tardó en llegar. Obviamente no me desmoralizó. Al revés: infló el pecho porque no hay nada mejor que la ira del medio pelo argentino dueño de la verdad y coherencia. Ese mismo que no soporta las movilizaciones.

Si temprano sufrí el frío, ahora estaba entregada a una Sudestada que llegó sin pedir permiso y que no se iba a ir pronto. Llegando a la medianoche, empapada y tiritante, mi cuerpo pedía calor y comida. Entramos a una pizzería teñida de verde. Los seis televisores atentos al debate dentro del Congreso. Los mozos, resignados, sabían que iban a cerrar tarde. Como podían esquivaban a las pibas porque allí no entraba un alfiler. Con los minutos, entre el cansancio y el bullicio, los sentidos comenzaron a aturdirse. Hasta que apareció ella…

El rostro de Cristina Fernández de Kirchner obró en forma sobrenatural. El bullicio pasó a ser un grito de euforia y luego silencio sepulcral. No volaba una mosca. La expectativa estaba puesta en su elocución. Una piba de unos veinte años empezó a gritarle al televisor convencida que la ex-presidenta iba a escuchar sus insultos. La pizzería entera la calló, pero aún seguía. Entendió que su berrinche no llegaría muy lejos cuando casi todos los presentes comenzamos a cantar aquello de Vamos a Volver. Esa escena, que no duró más de diez minutos, fue un resumen de lo interesante y diverso de éste debate: lo heterogéneo de los sectores que militan y piden ésta ley.

Casi a las tres de la madrugada la mezcla de ansiedad y tristeza era palpable. En los ojos de quienes caminaban Avenida de Mayo buscando refugio donde aguantar el rato que faltaba para la votación, se vislumbraba el desenlace. Cuando Gabriela Michetti lanzó el Vamos todavía, vamos confieso que me descolocó. La brillantina verde que me había colocado en la cara horas antes, comenzó a caerse por las mejillas en forma de lágrimas.

Me encontré llorando como una niña desconsolada. Ahí entendí la dimensión de lo generado por nosotras. Mas allá del resultado. También comprendí que a partir de ahora tenemos un nuevo punto de partida. Pero sobre todo, a partir de ahora está en nosotras y nosotros el destino de este debate que ya está instalado, y que también está en nuestras manos el proceso histórico que se viene dando en derredor de cuestionamientos que atraviesan muchas históricas estructuras sociales. Bienvenido sea.

Aprovechemos ahora, que sí nos ven.

(*) Radio Gráfica

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