noviembre 17, 2018

Un debate esencial | Apuntes sobre la “fiesta”

Un debate esencial |  Apuntes sobre la “fiesta”

Por Gabriel Fernández (*)

Aunque esto parezca – hoy- básico para una amplia franja de la militancia nacional, es preciso insistir al respecto por varios motivos: la expansión del ajuste con su bandera de vanguardia, la inflación, alcanza a todo el pueblo; muchas personas justifican su elección política equívoca en los presuntos problemas económicos previos; por otro lado, el concepto de inversión contrapuesto al de ahorro es central para entender el país y, digámoslo, el mundo en que vivimos.

Acá no hay ninguna fiesta que pagar. Cuando gobernantes, economistas y periodistas hablan de los excesos y la dilapidación de la gestión anterior, sugieren que el receptor de ese mensaje no tenía –por tanto, no tiene- derecho a vivir bien, con un poder adquisitivo que incluye lo esencial pero también rasgos de confort. En principio, la misma idea de tener que pagar una fiesta es el mensaje del poder sobre trabajadores y capas medias: darle dinero a ustedes es gastar, tirar margaritas a los chanchos.

Luego, lo que ese esquema concentrador con amplia difusión mediática llama fiesta es todo un sabio diseño de circulación interna del dinero que facilita la dinámica y el crecimiento de la economía. Con todas las variantes del caso, ese diseño hizo crecer a la Argentina en los tramos 1945 – 1955, 2003 – 2015, y a naciones como los Estados Unidos hasta el arribo de Ronald Reagan y en la década reciente, a China y Rusia, entre otras. Es una articulación genial, pero tan sencilla que enceguece: mientras más poder de compra tiene la población, más funcionan el comercio y la producción industrial.

Por supuesto que hay dificultades y falencias: sin embargo en el análisis económico las mismas se enumeran como prioritarias cuando son accesorias. Y se pueden superar con más desarrollo y más producción; no con menos. El caso de la dolarización interna de los precios debido a eslabones faltantes en la cadena productiva es ejemplificador, pues no amerita enfriamiento sino nuevas inversiones (que llaman “gastos”) para completar el circuito. Con la inflación pasa lo mismo: no es equivalente el alza de precios debido a la cantidad de compradores, que este saqueo al bolsillo que conduce a la recesión.

Con el concepto de pagar la fiesta se intenta culpar al peronismo por todo lo ocurrido durante 70 años, cuando el período no fue otra cosa que el intento de los acusados de poner de pie el país mediante el esquema antedicho, y la acción depresiva contraria de los que irrumpieron tras cada década de expansión. Como detalle, es una verdadera tontería que algunos peronistas se desmarquen del kirchnerismo y digan ellos si dilapidaron y varios kirchneristas hagan lo mismo en referencia a la identidad previa. El kirchnerismo es un peronismo, guste a quien guste, precisamente por la coincidencia relativa en los logros alcanzados en ambas décadas.

El poder rentístico así lo entiende y por eso sus voceros cargan con bombas de profundidad contra las dos identidades; saben que, conjugadas, tienen el potencial de representar políticamente el interés geoeconómico del pueblo argentino. Cuando esos lanzallamas refieren a la “fiesta” estiman que quien lee estas líneas no tiene porqué poseer una computadora de última generación en su hogar, ni un buen teléfono para comunicarse, ni el derecho “extra” de acceder a un espectáculo, renovar aspectos de su hogar, contar con un vehículo, ofrecer un regalo adecuado a sus pibes. Entre tantas cosas. Todo eso y más, para estos gobernantes, es parte de la fiesta.

Por eso quienes sufriendo la caída de su poder adquisitivo sostienen y bueno, hay que pagar la fiesta lo que hacen es justificar ese ajuste sobre sus ingresos, pero además repudian el esquema que les permitió vivir dignamente y contar con esos beneficios que hoy les están quitando. Es importante debatir y difundir este concepto para quebrar la llegada de esa zoncera con la intensidad que ha alcanzado en el presente. Toda la discusión radica en comprender que si a una persona común le va mejor, al país le va mejor. Cuando los gobernantes piden sacrificios sólo proponen una caída de la vida económica y la reorientación de los recursos en su beneficio.

Es preciso que nuestros organizadores y militantes comprendan cabalmente este planteo para poder transmitirlo con sencillez y direccionamiento en los medios disponibles, en las charlas cotidianas. Ahí, en el vínculo directo, hay una clave importante para desmontar la acción comunicacional distorsiva. Cuando se cree en la idea de la “fiesta”, se siente culpa por haber mejorado y –acto seguido- se ingresa en el debate propuesto por el poder: ¿porqué mejor no ahorramos en esto y no en lo otro? Cuando se accede a ese criterio, la derrota está a un paso. De allí la trascendencia de este tema.

• Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Federal.

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