junio 26, 2019

La ilusionista | El cuerpo y las palabras

La ilusionista | El cuerpo y las palabras

Palabras que impactan sobre el cuerpo y dejan una huella. Vivencias que marcan la existencia. Hechos que al ser recordados mutan y cobran forma en la medida que son pronunciados. Variedad de personajes en una misma corporalidad. La identidad construida a partir de un nombre que no es elegido.

Juegos teatrales que en tanto desnudan su entramado se tornan atrapantes. La acción ejecutada en un aquí y ahora que no se mantiene inerte y que va mutando de acuerdo a la circunstancia. Relatos, gestos, sensaciones adquieren dimensión en contacto con un espectador que, por momentos, se convierte en cómplice.

La ilusionista de Melina Seldes no solo es una invitación a conectar con lo propio y lo distinto de sí sino también a repensar nuestra existencia. “Pensé que el público iba a tener resistencia a mi cercanía y que en esa resistencia iba a poder sacar artilugios para conquistarlos. Sin embargo están conmigo, con lo cual tuve me tuve que separar de ellos. Creo, que a fin de cuentas, de eso se trata la obra. De cómo encontrarse con uno más allá de la cercanía y la palabra de los otros”, confesó la dramaturga e intérprete de la obra en Radio Gráfica.

– ¿A que se debe el nombre de la obra?

– Tiene varios puntos de partida y, sin duda, de llegada. Uno tiene que ver con la ilusión del artilugio teatral, de cómo uno encarna distintos personajes en la corporalidad del aquí y ahora. En el espectador se genera una ficción de otro tiempo que uno podría decir que es una ilusión. Además tiene que ver con cómo estar o no estar en el propio cuerpo. Eso también genera una ilusión cuando en realidad uno sigue siendo el mismo. Y después, el último, tiene que ver con una cuestión más teórica o filosófica sobre la premisa de que le hacen las palabras al cuerpo, a lo singular de cada cuerpo y qué es lo que cada persona escucha y va construyendo su propio relato en la vida.

– La obra posee improvisación. Interactúa bastante con el público ¿Cómo fue trabajar eso desde lo actoral?

– No hay tanta improvisación. La estructura es puntual, pero es cierto que está todo el tiempo en diálogo con el espectador y uno nunca sabe con lo que se va a encontrar. Para mi fue una sorpresa la reacción del público. En las primeras funciones jamás imagine que se iba a dar el fenómeno que se da. Esto implicó retrabajar la obra porque yo pensé que me iba a encontrar con un conflicto y que ese conflicto iba a dar el tipo de escena que yo quería generar. Pero en realidad el público estaba absolutamente conmigo.

– ¿Desde dónde te interpela la obra?

– Por un lado tiene que ver con el oficio. Las herramientas que uno tiene que generar para poder devenir en otra cosa. Hay sistemas, trucos, que he podido desarrollar tanto en la danza como en el teatro. A mi me interesaba ver qué sucedía si yo revelaba los trucos.

– ¿Te referis a ese contacto expreso con el público?

– Sí, a decirles miren lo que estoy haciendo e igual me está pasando y les está pasando a pesar que les estoy diciendo lo que estoy haciendo. Esto era un riesgo porque podía pasar a ser una clase de interpretación o una cuestión pedagógica que hubiera implicado la muerte de la discusión. El juego era encontrar ese punto donde ambos no sabemos o sabemos en tanto tenemos un cuerpo y sentimos podemos encontrarnos en ese lugar.
Lo otro que me interpela es la forma que adquiere uno a partir del nombre que tenemos. Es decir, partiendo del punto de que nosotros no elegimos como nombrarnos sino que nos nombran. Cómo, a partir de ese punto, nuestro cuerpo, nuestro ser y nuestras marcas están en un punto determinadas.

La obra se presenta los sábados a las 20.30 en la Planta de Investigación y Creación Transversal (Inclán 2661)

EC/GF/RG

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