agosto 23, 2019

Tigre | ¿Llega el fin del relleno de humedales?

Tigre | ¿Llega el fin del relleno de humedales?

Por Mónica Carinchi *

Cuando en 1993, los vecinos cercanos al futuro barrio cerrado Santa María de Tigre vieron avanzar sobre todas sus calles y también sobre el interior de sus hogares una oleada de lodo de medio metro de profundidad, no sabían que 10 años después, sus vidas y las de muchos tigrenses ingresarían a los estudios de investigadores sociales como los afectados por la moda de las urbanizaciones polderizadas.

El partido de Tigre tiene 148 kilómetros cuadrados en el continente; más de la mitad de este territorio estaba conformada por amplios espacios donde el suelo era pantanoso, inundable, receptor de agua en época de creciente. Nombrada antaño como bañados y en la actualidad como humedales, tradicionalmente ocupada por poblaciones semirrurales, que vivían con una dispersión propia de esa tipología, esa región fue elegida para la construcción de urbanizaciones cerradas.

Para llevar a cabo estos negocios inmobiliarios, fue necesario rellenar el bañado con tierra trasladada en camiones de carga o con refulado hidráulico, o sea extracción de suelo líquido, a través de dragas, conducido por tuberías hasta el lugar de rellenado. Esta transformación del territorio, que incluye la construcción de nuevos canales y espejos de agua, dejó a las poblaciones pre-existentes en una situación de alta vulnerabilidad al mismo tiempo que restringió los servicios ecológicos prestados por el humedal: suelo fértil, regulación hidrológica, refugio de biodiversidad.

El primer emprendimiento cerrado fue el Boat Center, en Rincón de Milberg, hacia finales de los 70; luego, el Club de Campo Hacoaj, ya iniciada la década del 80, en la misma localidad. A partir de 1990, la construcción de este tipo de emprendimientos sobre suelos rellenados, que movió millones de metros cúbicos de tierra, no se detuvo y su crecimiento fue tal que, en la actualidad, se estima que ocupan el 50% del territorio continental. La expansión y mejoramiento de las vías de comunicación (Panamericana y rutas provinciales) entre la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la zona norte del Gran Buenos Aires permitieron que las urbanizaciones cerradas crecieran y, con ellas, también la fragmentación social: mientras en Tigre un 10% de la población vive en barrios de baja densidad, con servicios de alto nivel, gozando de la “naturaleza”; el 90% restante se reparte, por un lado, entre centros urbanizados que tienden a la sobrepoblación y, por otro, entre barriadas que están expuestas a sufrir inundaciones, a sofocarse entre basurales y bandadas de mosquitos, a vivir hacinados en casas precarias conviviendo con cucarachas y roedores, a carecer de cloacas y agua potable y, rodeados, en muchos casos, por parques industriales altamente contaminantes.

Desde hace prácticamente una década, los vecinos afectados por estas formas de construcción iniciaron diversos reclamos ante las autoridades municipales para frenar su propagación. En Villa La Ñata y Dique Luján, una de las pocas zonas que aún posee tierras para urbanizar, la asamblea de vecinos, después de meses de cortes de ruta, logró que el ejecutivo municipal elaborara un proyecto de ordenanza que pondría fin al relleno de los humedales en esa zona, iniciando así una nueva etapa en la relación entre negocios inmobiliarios-vecinos asamblearios-política pública.

Uso y abuso

Benavídez, Rincón de Milberg, Pacheco son las localidades que ostentan la mayor cantidad de barrios privados del distrito. En las tres, aún quedan tierras que los emprendedores desearían transformar en urbanizaciones cerradas, una forma de producir suelo urbano que también produce degradación de los ecosistemas, fragmentación social y profundización de las diferencias socio-económicas.

En La Ñata -localidad de Benavídez- los vecinos vieron en los últimos meses cómo desapareció el bosque nativo de un predio conocido históricamente como La Bellaca. Ubicado entre Avenida Italia, Arribeños, Solís y el barrio San Isidro Labrador, este nuevo barrio privado, bautizado Santa Ana -incluido en el megaemprendimiento Complejo Villanueva- no sólo arrasó con el bosque nativo, con el humedal y los sitios arqueológicos prehispánicos (registrados a principios del 2000), también se comió la banquina sobre Arribeños y Solís y tapó el canal Benavídez, que desagotaba el agua hacia el Luján.

Araceli llegó a La Ñata hace 20 años, cuando “el pueblo era encantador”. Sin luz, sin agua y con colectivos que pasaban cada muerte de obispo, lo eligió por su naturaleza silvestre y su tranquilidad. Ahora es una de las vecinas organizada en la asamblea, que avizorando el peligro de inundaciones extraordinarias, se alió con otras agrupaciones, como la Comunidad Indígena Punta Querandí, y el domingo 10 de febrero del corriente año hizo el primer corte de ruta, frente a la entrada del ACA.

Los vecinos que viven en las entradas que dan sobre la ruta Solís, tienen un servicio eléctrico pésimo y carecen de agua corriente, pero el futuro barrio San Ana ya tiene las bocas de agua. “Acá pasa algo raro”, dice Araceli, “no puede ser que nosotros no tengamos agua y del otro lado de la ruta, los barrios privados tengan”. Aysa hace el tendido de la red de un solo lado de la ruta, los moradores de los barrios privados llenan sus piletas y riegan los parques con agua corriente y, enfrente de sus alambrados, el que puede, compra bidones y el que no puede, espera que el camioncito del Municipio le llene el tanque.

Para responder al constante accionar vecinal y en el medio de una disputa política por encabezar la lista del Frente de Todos en el distrito de Tigre, el intendente Julio Zamora presentó un proyecto de ordenanza para declarar a la zona Distrito de Gestión Especial Planicie del Río Luján. El objetivo de este Distrito es promover un Programa de Desarrollo Sustentable, “orientado a equilibrar el proceso de ocupación del territorio cercano al río Luján”. El proyecto ingresó al Concejo Deliberante el martes 23 de julio; deberá pasar por diferentes comisiones y, mientras tanto, los vecinos movilizados continúan alertando sobre el peligro que significa la acumulación de emprendimientos sobre un territorio que, hasta hace 30 años, albergaba familias productoras de cerdos, ovejas, hortalizas y frutales.

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Siempre al acecho

La ruta 27 es un camino directo a muchos barrios privados de Rincón y Benavídez. De Rincón hacia el Canal Aliviador, una vez que se pasa Castiglione, la mano izquierda es un extenso alambrado que sólo se interrumpe por la entrada al Club de Campo Hacoaj y al barrio cerrado Rincón de la Costa. De la derecha, el playón de la 60, los bomberos, casas y negocios en su inútil espera de los nuevos compradores.

Al llegar a la calle Ugarte, un cartel anuncia que se ingresa al Barrio Parque Alegre. Calle ancha doble mano, veredas anchas con mucho césped y chalecitos sencillos que desaparecen a partir de la cuarta cuadra donde empieza, a la izquierda, el alambrado de un futuro barrio privado y, a la derecha, una zanja paralela a un monte donde se esconde la guardería náutica La Riviera.

Ambos predios finalizan en Exaltación de la Cruz, base de una semicircunferencia formada por la calle Aguirre, partida al medio por Ugarte que continúa recta hasta el río Luján. Pero, ingresando a esta parte del Barrio Parque Alegre, Ugarte pierde el asfalto y el barrio se desdibuja en casillas de chapa, madera y algo de material, que albergan 119 familias.

La calle Toscanelli, adueñada por el futuro barrio privado, reaparece en el fondo del Barrio Parque. Allí, después de un barrial, da paso a la tierra reseca y en una confusión de calle, vereda y escombros, los niños juegan y las vecinas conversan.

En una de las casas de esa corta calle vive María Caffaro, quien alterna su día entre el cuidado de su familia, la limpieza de casas ajenas y la atención de un merendero que también se transforma en cocina donde un grupo de mujeres se las ingenian para conseguir unos pesitos más y así llegar a fin de mes. “Trabajé en Santa María, el dueño era un genio, me trataba bien, pero cuando alquiló la casa, con los nuevos ya no fue igual. Entonces dejé, prefiero trabajar en cualquier otra casa y no en los countrys”, cuenta María, que está convencida de que carecen de todo (agua, cloaca, gas, asfaltos, luz de calle) porque los quieren sacar. Aun así, expresa: “Nosotros nos unimos para pedir el agua, el asfalto porque nosotros también merecemos vivir bien”.

El barrio cerrado que está a pocos metros de su casa tuvo muchas clausuras, por eso su construcción viene lenta, sin embargo sus efectos se hicieron sentir con intensidad: apenas iniciado el relleno del terreno, en la primera marea, el agua les llegó a la cintura. “Al principio tardaba tres días en irse, ahora se va en un día, pero la tenemos adentro de nuestras casas”, comenta María, mientras señala los carteles sobre el alambrado: “Zona custodiada por Prefectura Naval Argentina”.

Entre montes parcialmente desmontados y sobre-elevados, barrios náuticos como Alba Nueva, otros en construcción, guarderías náuticas y el río Luján, esta porción del Barrio Parque Alegre quedó olvidada del mantenimiento municipal y acechada por los emprendedores inmobiliarios como una fruta madura que no tardará en caer en sus garras.

Los de este lado

El ingreso al barrio Las Tunas por la calle Céspedes conduce, en descenso, hacia un barrio de casitas bajas, sencillas, con negocios de menudeo, una plaza un tanto desoladora y una acumulación de agua en una de sus esquinas que no es muy diferente a la de cualquier esquina urbana. Sin embargo, hacia el costado izquierdo, mirando con más atención, aparece en cada bocacalle un paredón y detrás una línea prolija de pinos. Sólo un par de cuadras separan al caminante del barrio privado El Encuentro.

A medida que se avanza hacia el fondo, se descubren casas más deterioradas, algún caballo que se soltó no se sabe de dónde, muchos perros, iglesias evangélicas y comedores populares. En uno de ellos, la pintada sobre su pared habla, a quien quiera oír, de uno de los desencuentros del mundo capitalista: Los que sólo tienen intereses individuales, no podrán entender jamás el sueño colectivo.

“En el 2014 tuvimos que romper el paredón porque el arroyo Las Tunas choca ahí y se juntó un metro veinte de agua. Se rompió el paredón para que el agua evacuara hacia el country, porque si no, los que estábamos de este lado, nos ahogábamos”, cuenta Cintia, nacida y criada en el barrio, referente de la huerta que surgió en 1994 de la mano del Inta, que enseñó a los vecinos a cultivar sus propios alimentos en la década de avance del neoliberalismo.

Las Tunas es una barriada de 35.000 habitantes que quedó encerrada entre cinco barrios privados: El Encuentro, Nordelta, La Comarca y Talar del Lago I y II.

“Ésta es la lucha que tenemos todos los días con los que viven acá al lado”, agrega la joven. Los de al lado, los cosos de al lado, son los nuevos vecinos que habitan entre paredones y alambrados electrificados.

Bety vive en la calle San Isidro, frente al paredón del barrio El Encuentro; desde que levantaron el country tuvo que comprar trampas para ratas, tolerar la invasión de mosquitos que se escapan para su lado cada vez que “ellos fumigan” y despedirse de una gran variedad de pájaros y árboles que le hacían más placentera la vida.

“Levantar el country” no es una expresión metafórica. Efectivamente, la construcción de los barrios cerrados implica sobreelevar el terreno 2 metros o más, sobre la línea del barrio preexistente. Este método constructivo se utilizó en todo el territorio ocupado por la cuenca baja del río Luján, un extenso humedal continental cuyos servicios ecosistémicos están siendo destruidos, afectando a millones de habitantes de la provincia de Buenos Aires.

*Periodista del Municipio de Tigre.

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